Salinas me dijo una vez:
"Andas por lo que ves. Nada más"
Y nos perdimos en uno de esos domingos sin prisa.
Observé que existían manos frías de escaparate abandonado, pequeñas margaritas entre zócalos, paredes quemadas por el sol y esquinas regaladas al olvido. Deseé memorizar el nombre de todas las calles por las que pasamos pero, igual que ese sobre rojo sin enviar que ya ni recuerdo qué escribí y quiero no desvelarme el misterio, preferí poder recordar siempre que habitan manos y margaritas y que el sol quema y que el tiempo pasa. Que la vida se cuela por cualquier rincón y que no espera. Que ocurre en cualquier lugar y que no importa el nombre.
lunes, 17 de agosto de 2015
viernes, 14 de agosto de 2015
Quai de Seine
Yo también me pregunté qué venía a hacer a Pont des Arts.
Me dirigía por tercera vez al Louvre alcanzando ya la certeza de saber por dónde andaba y echaba de menos la figura de Notre Dame a quien le daba la espalda después de un paseo de la mano por aquel lado del Sena.
La luz de todas las luces de todas las ventanas habitadas de todas las farolas de todas las luciérnagas, centelleaban en el metal de los candados que juran amor (cuya paradoja siempre me ha parecido inquietante) anclados a la barandilla -hundida, vencida por el peso de tanta promesa - y en las aguas del río. Y, por qué no, centelleaban aún más en el reflejo de mis ojos, porque mi mirada no supo no encontrarte y ahí era. En las chispas incandescentes o, precisamente, en la oscuridad de saberme de noche.
Me dirigía por tercera vez al Louvre alcanzando ya la certeza de saber por dónde andaba y echaba de menos la figura de Notre Dame a quien le daba la espalda después de un paseo de la mano por aquel lado del Sena.
La luz de todas las luces de todas las ventanas habitadas de todas las farolas de todas las luciérnagas, centelleaban en el metal de los candados que juran amor (cuya paradoja siempre me ha parecido inquietante) anclados a la barandilla -hundida, vencida por el peso de tanta promesa - y en las aguas del río. Y, por qué no, centelleaban aún más en el reflejo de mis ojos, porque mi mirada no supo no encontrarte y ahí era. En las chispas incandescentes o, precisamente, en la oscuridad de saberme de noche.
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| Pont des Arts, Paris |
El atelier
La tarde que paseamos por Rue de Rivoli, entramos en un edificio de artistas. Su atelier era el suelo. Se movía al son de una de los Velvet Underground encima de aquel delicioso sucio desastre. Cuando me di cuenta de que ese trozo de piso era su paleta y pintaba de cuclillas fue cuando quise sacarle una fotografía. Se acercó a mí en francés "yo te voy a sacar una foto instantánea también". Y me pintó. Me regaló el retrato, bebimos cerveza roja y nos fumamos mis cigarrillos. Entre hojas de diccionario y palabras chocolateadas observaba a Laura, con sus manos delgadas y sus ojos de corresponsal de guerra. Esa tarde se hizo de noche. Y el París sin remedo, el de verdad, se hendió ante mi yo sentado en una pequeñísima silla de madera.
miércoles, 5 de agosto de 2015
Jugar a las tildes
Que no me peinen.
Que solo
el viento
me peine.
Que solo
tú
me despeines.
Que solo.
Que no.
Que solo no.
Que solo tú.
A ti.
Que solo sí. Así.
Crónica de mi procesión
En el imposible acostumbrado marrón de su mirada, era capaz de ver constelaciones a plena luz del día. Un proceso similar al de observar cómo se hace de noche a las 18:30 de cualquier fecha de enero, en la que nadie espera que a esa temprana hora se arrope la tarde con su letargo.
Toda esa luz, hacinada en un extremo; el cénit haciendo el pino, burlándose de la eternidad.
El marrón le bastó a la turbada crónica de mi procesión.
Quizá
Quizá solo nos quede rescatar a los segundos de la eternidad para ser fiel a su significado. Aunque ni tú ni yo nos supimos ajustar a una realidad en donde se enjaulan palabras en significados y segundos en palabras. Quizá fue más bien ese sabernos de memoria con los dedos y dejarnos de relojes y diccionarios.
Quizá solo nos quedara por hacer lo de abandonarnos al olvido.
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