domingo, 18 de agosto de 2013

Es una pajarera.

Una noche Hélène le preguntó
-¿Qué son?
 -Es una pajarera.
 -¿Una pajarera?
 -Sí.
 -¿Y para qué sirve?
Hervé Joncour mantenía los ojos fijos en aquellos dibujos.
-Se llenan de pájaros, todos los que se pueda, y después, un día en el que suceda algo feliz, se abren las puertas de par en par y se mira cómo vuelan libres.

*

Hervé Joncour la hojeó y la observó largo rato. Parecía un catálogo de huellas de pequeños pájaros, compilado con meticulosa locura. Era sorprendente pensar que, por el contrario, eran signos, es decir, cenizas de una voz quemada.

(hasta que al final te bese en el corazón, porque te deseo, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te deseo, y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en el corazón tú serás mío para siempre, si no me crees abre los ojos, amado señor mío, y mírame, soy yo, quién podrá borrar este instante que sucede, y este cuerpo mío ya sin seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran).


Seda.

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