martes, 15 de septiembre de 2015
Pequeño resumen
Escucho recitar en un vídeo a Cortázar, clavo mis ojos en la fotografía estática, lloro, me hago un ovillo en la cama, estiro de la goma que anuda torpemente a mi pelo para ponerlo en libertad después de ocho horas, leo un poco más, lloro un poco más, pongo algún capítulo de alguna serie, lo paro a mitad, un ruido de la calle me llama, pasan coches, me incorporo, juego a contar cuántos pasan, deseo mi vida pasada y lloro pero inmediatamente me acuerdo de algo que me hace gracia y me río como una loca, recojo mi pelo en una coleta, un niño grita, lo apunto en una libreta, espero algún mensaje en mi móvil que nunca llega, que no recibo, me recuerdo a mí misma cuando aterrizo en mi portal cada día después de la jornada y miro el buzón frenéticamente, tuerzo el cuello, lo tuerzo un poco más como si por arte de magia y de una contractura apareciese ahí una relación epistolar, me recuerdo lo indigno que es estar pensando continuamente en el esperar y en el desear que alguien me piense y me recuerdo también entonces que nadie es indispensable y caen lágrimas soberbias porque detesto ese recuerdo, me fumo un cigarrillo, miro las venas del dorso de mi mano derecha que sostiene el cigarrillo, mis manos también recuerdan y habrá algo de memoria poética en la memoria celular que me evoca un olfato que no tengo y me lleva a un rincón de esa vida pasada mía hasta que tomo otra calada y vuelvo a la calmada soledad de mi estudio, se hacen las 9 de la noche y ya es una hora decente para coger el sueño, me quedo despierta hasta la 1.
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