En la facultad recuerdo que obtuve, a expensas de una matrícula en el último año, unos créditos de libre disposición. Me apunté a la asignatura "Cognición y narrativa". Durante el curso de la asignatura se destriparon -entre otros muchos textos y subtextos y pseudotextos y textecitos- Al faro, de Virginia Woolf. Se hablaba de la peculiaridad de esa novela al tratar de hacerte entrar en la conciencia de la voz narrativa, la protagonista, a la que le ocurren o le dejan de ocurrir ciertas cosas. Un estilo al que, con toda honestidad, Woolf nos tiene acostumbrados en cualquiera que sea la vía de comunicación que esté usando. El proyecto que contaba para nota, con toda esa absurdidad relativa a lo académico y lo dogmático, constaba de sacar partido e investigar en particular aquello que habíamos aprendido en las clases soporíferas, sentados en círculo imperfecto, lleno de vacíos y sin medio apunte de algo que hiciera reflexionar. Todo era en cuanto a palabras, sobre papel, los escondites de la gramática y la pragmática en tinta. Y yo, que reconozco que soy bastante pedante y que mi osadía se complementa con la modestia, decidí reaccionar a todo lo puramente visual que crea imaginario social entre todos. Quizá le pareció antropológicamente desesperante esa simbología misteriosa de las imágenes y que haya discursos que solo puedan fluir mediante éstas y que sin eso no existiría la fotografía o que yo hiciera algo para lo que él debía prepararse para analizar. Me hizo ir a su despacho para reaccionar cara a cara (con imágenes, ¡oh, vaya!) a lo que le había sucedido leyendo mi trabajo. Me asignó un notable que merecía mi pasión pero no encajaba con su enfoque cognitivo conductual (porque la nota era de lo único que me quería hablar), y me dejó marchar. Y que hoy he trabajado un texto de Marcel Marceau y acordándome de lo anteriormente mencionado, cómo me hubiera encantado darle treinta apuntes con menos prudencia y más osadía.
viernes, 26 de mayo de 2017
jueves, 17 de noviembre de 2016
Aguarse
Esa posteridad perfusa única que posee el agua. En la sal: el rastro puro, la prueba última. En el rocío de evaporarse la urgencia del alba.
En la sed, su ardiente ausencia.
¿De qué temblará el agua?
¿Cuántos vientos caben en una ola?
¿Los soplo yo?
Guarda frío, luz, lo eléctrico.
¿A qué cuerpos eléctricos les baila el agua?
¿A quién invoca con su estruendo?
¿A quién le llora en su calma?
¿Cuántas flores le ahoga a la tierra, el agua, que tantos bolsillos cosidos llenos de piedras atesora?
Todo vuelve al agua. El agua vuelve al agua.
Dijeron una vez que todo es del viento y que el viento es aire siempre de viaje pero yo pienso que el beso genial es el del cielo y el mar.
¿Seré capaz de ver algo sin acordarme de ti? "Te anuncias como la sed".
Lloré en tarritos diminutos y los vacié en la orilla, en sumideros; lloré lloviéndome en la cara, bautizándome en el mar. Lloro, en tarritos y en manitas, en telitas de almohadita. Lloro y no se termina al sonarme la nariz. Estoy devolviéndome al mar con mi legítima danza, invocando yo al estruendo de otro lamento, otra vez el mismo lamento que ahora es otro y su ritmo sinusoidal. Lo que ofrezco es mi boca cerrada que sabe a lágrima de pena añeja. Ofrezco un aburrimiento cansado que no curan las horas de hipersomnia. Ofrezco un camino hacia mí misma que abandona el umbral del arrepentimiento un segundo y de nuevo soy un racimo blandiendo, mal apuntalado, el viento me golpea. Ofrezco la costura de mis días a los que colaboráis —todos, presentes y ajenos—a que yo decida que este pedacito con qué otro y qué misterio le depara a este desastre de hastío que busca relegar a un cansancio conocido más sereno.
El sacramento de lo tibio terminó hace ya años. Me estoy danzando hacia otro lugar demasiado nuevo. Todos los gestos hacen de mí un lugar demasiado nuevo. El agua configura algo similar en cuanto a lo estático cambiante, siempre danza cosedora.
Me aguo, me estoy danzando.
martes, 12 de julio de 2016
La devolución a la inocencia
martes, 15 de septiembre de 2015
Pequeño resumen
Escucho recitar en un vídeo a Cortázar, clavo mis ojos en la fotografía estática, lloro, me hago un ovillo en la cama, estiro de la goma que anuda torpemente a mi pelo para ponerlo en libertad después de ocho horas, leo un poco más, lloro un poco más, pongo algún capítulo de alguna serie, lo paro a mitad, un ruido de la calle me llama, pasan coches, me incorporo, juego a contar cuántos pasan, deseo mi vida pasada y lloro pero inmediatamente me acuerdo de algo que me hace gracia y me río como una loca, recojo mi pelo en una coleta, un niño grita, lo apunto en una libreta, espero algún mensaje en mi móvil que nunca llega, que no recibo, me recuerdo a mí misma cuando aterrizo en mi portal cada día después de la jornada y miro el buzón frenéticamente, tuerzo el cuello, lo tuerzo un poco más como si por arte de magia y de una contractura apareciese ahí una relación epistolar, me recuerdo lo indigno que es estar pensando continuamente en el esperar y en el desear que alguien me piense y me recuerdo también entonces que nadie es indispensable y caen lágrimas soberbias porque detesto ese recuerdo, me fumo un cigarrillo, miro las venas del dorso de mi mano derecha que sostiene el cigarrillo, mis manos también recuerdan y habrá algo de memoria poética en la memoria celular que me evoca un olfato que no tengo y me lleva a un rincón de esa vida pasada mía hasta que tomo otra calada y vuelvo a la calmada soledad de mi estudio, se hacen las 9 de la noche y ya es una hora decente para coger el sueño, me quedo despierta hasta la 1.
lunes, 14 de septiembre de 2015
Dora Maar
El domingo que pasé con Dora Maar:
Dora Maar lucía de segunda piel a su imborrable Picasso. Yo notaba como la mía se llenaba de pecas con tanta luz que irradiaba. Lo que más me gusta de Dora Maar es cómo me hace sentir su piel sin tocarnos. Lo que más me gusta de Dora Maar es cómo me recuerda a miles de cosas más y a la vez sólo ella es tan puramente ella. Lo que más me gusta de Dora Maar es su ser transparente sintiendo y su halo de misterio al expresarlo. Puede que ya no olvide jamás cómo en ese domingo de vermut y exposiciones, lo que más me gustó de Dora Maar también fuera que sus gafas quisieran juntarse con el cénit cuando su nariz se arrugaba impulsándolas. Ella se reía frenéticamente de cualquier tontería que yo le decía (porque cualquier cosa que yo diga es un insulto al silencio que evoca contemplarla).
Por si acaso se me olvida en algún momento, os lo dejo por escrito.
Dora Maar lucía de segunda piel a su imborrable Picasso. Yo notaba como la mía se llenaba de pecas con tanta luz que irradiaba. Lo que más me gusta de Dora Maar es cómo me hace sentir su piel sin tocarnos. Lo que más me gusta de Dora Maar es cómo me recuerda a miles de cosas más y a la vez sólo ella es tan puramente ella. Lo que más me gusta de Dora Maar es su ser transparente sintiendo y su halo de misterio al expresarlo. Puede que ya no olvide jamás cómo en ese domingo de vermut y exposiciones, lo que más me gustó de Dora Maar también fuera que sus gafas quisieran juntarse con el cénit cuando su nariz se arrugaba impulsándolas. Ella se reía frenéticamente de cualquier tontería que yo le decía (porque cualquier cosa que yo diga es un insulto al silencio que evoca contemplarla).
Por si acaso se me olvida en algún momento, os lo dejo por escrito.
martes, 8 de septiembre de 2015
El impás
Han vuelto a poblarse cada cuatro esquinas de inquilinos. Más que de inquilinos, de televisores que enmudecen, radios matutinas, cláxones a todas horas. Recuerdo que aquí en verano, los grillos son cadenas de bici centrífugas, sin pedaleo. Es verano porque los grillos son centrifugueante metal oxidado. Pero ya no. Ahora ladran perros al paso de sirenas, ladran como todo lo que no ladramos, lo que no ladré. Y lo que queda del verano es el impás de ese instante brevísimo de no encenderse las farolas y andar a tientas a las ocho sin darnos cuenta. Qué cerca quedaría todo de mis yemas. Me empeño en la noche, la abrazo. Que nadie habite cuatro esquinas, que no se enciendan las farolas. Me quedo a tientas, con los aullidos.
lunes, 17 de agosto de 2015
Salinas me dijo una vez:
"Andas por lo que ves. Nada más"
Y nos perdimos en uno de esos domingos sin prisa.
Observé que existían manos frías de escaparate abandonado, pequeñas margaritas entre zócalos, paredes quemadas por el sol y esquinas regaladas al olvido. Deseé memorizar el nombre de todas las calles por las que pasamos pero, igual que ese sobre rojo sin enviar que ya ni recuerdo qué escribí y quiero no desvelarme el misterio, preferí poder recordar siempre que habitan manos y margaritas y que el sol quema y que el tiempo pasa. Que la vida se cuela por cualquier rincón y que no espera. Que ocurre en cualquier lugar y que no importa el nombre.
"Andas por lo que ves. Nada más"
Y nos perdimos en uno de esos domingos sin prisa.
Observé que existían manos frías de escaparate abandonado, pequeñas margaritas entre zócalos, paredes quemadas por el sol y esquinas regaladas al olvido. Deseé memorizar el nombre de todas las calles por las que pasamos pero, igual que ese sobre rojo sin enviar que ya ni recuerdo qué escribí y quiero no desvelarme el misterio, preferí poder recordar siempre que habitan manos y margaritas y que el sol quema y que el tiempo pasa. Que la vida se cuela por cualquier rincón y que no espera. Que ocurre en cualquier lugar y que no importa el nombre.
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