En la sed, su ardiente ausencia.
¿De qué temblará el agua?
¿Cuántos vientos caben en una ola?
¿Los soplo yo?
Guarda frío, luz, lo eléctrico.
¿A qué cuerpos eléctricos les baila el agua?
¿A quién invoca con su estruendo?
¿A quién le llora en su calma?
¿Cuántas flores le ahoga a la tierra, el agua, que tantos bolsillos cosidos llenos de piedras atesora?
Todo vuelve al agua. El agua vuelve al agua.
Dijeron una vez que todo es del viento y que el viento es aire siempre de viaje pero yo pienso que el beso genial es el del cielo y el mar.
¿Seré capaz de ver algo sin acordarme de ti? "Te anuncias como la sed".
Lloré en tarritos diminutos y los vacié en la orilla, en sumideros; lloré lloviéndome en la cara, bautizándome en el mar. Lloro, en tarritos y en manitas, en telitas de almohadita. Lloro y no se termina al sonarme la nariz. Estoy devolviéndome al mar con mi legítima danza, invocando yo al estruendo de otro lamento, otra vez el mismo lamento que ahora es otro y su ritmo sinusoidal. Lo que ofrezco es mi boca cerrada que sabe a lágrima de pena añeja. Ofrezco un aburrimiento cansado que no curan las horas de hipersomnia. Ofrezco un camino hacia mí misma que abandona el umbral del arrepentimiento un segundo y de nuevo soy un racimo blandiendo, mal apuntalado, el viento me golpea. Ofrezco la costura de mis días a los que colaboráis —todos, presentes y ajenos—a que yo decida que este pedacito con qué otro y qué misterio le depara a este desastre de hastío que busca relegar a un cansancio conocido más sereno.
El sacramento de lo tibio terminó hace ya años. Me estoy danzando hacia otro lugar demasiado nuevo. Todos los gestos hacen de mí un lugar demasiado nuevo. El agua configura algo similar en cuanto a lo estático cambiante, siempre danza cosedora.
Me aguo, me estoy danzando.
