martes, 15 de septiembre de 2015

Pequeño resumen

Escucho recitar en un vídeo a Cortázar, clavo mis ojos en la fotografía estática, lloro, me hago un ovillo en la cama, estiro de la goma que anuda torpemente a mi pelo para ponerlo en libertad después de ocho horas, leo un poco más, lloro un poco más, pongo algún capítulo de alguna serie, lo paro a mitad, un ruido de la calle me llama, pasan coches, me incorporo, juego a contar cuántos pasan, deseo mi vida pasada y lloro pero inmediatamente me acuerdo de algo que me hace gracia y me río como una loca, recojo mi pelo en una coleta, un niño grita, lo apunto en una libreta, espero algún mensaje en mi móvil que nunca llega, que no recibo, me recuerdo a mí misma cuando aterrizo en mi portal cada día después de la jornada y miro el buzón frenéticamente, tuerzo el cuello, lo tuerzo un poco más como si por arte de magia y de una contractura apareciese ahí una relación epistolar, me recuerdo lo indigno que es estar pensando continuamente en el esperar y en el desear que alguien me piense y me recuerdo también entonces que nadie es indispensable y caen lágrimas soberbias porque detesto ese recuerdo, me fumo un cigarrillo, miro las venas del dorso de mi mano derecha que sostiene el cigarrillo, mis manos también recuerdan y habrá algo de memoria poética en la memoria celular que me evoca un olfato que no tengo y me lleva a un rincón de esa vida pasada mía hasta que tomo otra calada y vuelvo a la calmada soledad de mi estudio, se hacen las 9 de la noche y ya es una hora decente para coger el sueño, me quedo despierta hasta la 1.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Dora Maar

El domingo que pasé con Dora Maar:

Dora Maar lucía de segunda piel a su imborrable Picasso. Yo notaba como la mía se llenaba de pecas con tanta luz que irradiaba. Lo que más me gusta de Dora Maar es cómo me hace sentir su piel sin tocarnos. Lo que más me gusta de Dora Maar es cómo me recuerda a miles de cosas más y a la vez sólo ella es tan puramente ella. Lo que más me gusta de Dora Maar es su ser transparente sintiendo y su halo de misterio al expresarlo. Puede que ya no olvide jamás cómo en ese domingo de vermut y exposiciones, lo que más me gustó de Dora Maar también fuera que sus gafas quisieran juntarse con el cénit cuando su nariz se arrugaba impulsándolas. Ella se reía frenéticamente de cualquier tontería que yo le decía (porque cualquier cosa que yo diga es un insulto al silencio que evoca contemplarla).

Por si acaso se me olvida en algún momento, os lo dejo por escrito.

martes, 8 de septiembre de 2015

El impás

Han vuelto a poblarse cada cuatro esquinas de inquilinos. Más que de inquilinos, de televisores que enmudecen, radios matutinas, cláxones a todas horas. Recuerdo que aquí en verano, los grillos son cadenas de bici centrífugas, sin pedaleo. Es verano porque los grillos son centrifugueante metal oxidado. Pero ya no. Ahora ladran perros al paso de sirenas, ladran como todo lo que no ladramos, lo que no ladré. Y lo que queda del verano es el impás de ese instante brevísimo de no encenderse las farolas y andar a tientas a las ocho sin darnos cuenta. Qué cerca quedaría todo de mis yemas. Me empeño en la noche, la abrazo. Que nadie habite cuatro esquinas, que no se enciendan las farolas. Me quedo a tientas, con los aullidos.